El día 2 de enero de 2026 leí un correo electrónico de mi admirado Leontxo García (mirad por ejemplo este vídeo). Leo y escucho sus textos y sus vídeos con devoción. No porque mis conocimientos de ajedrez sean buenos, no lo son, sino porque Leontxo García es un mago. Me embelesa escucharle y leerle. Mil veces me cuesta un esfuerzo enorme seguirle y mil veces ni siquiera un esfuerzo enorme me permite seguirle. Me da igual. Lo escucho igualmente aunque lo que explica se pierda entre mis neuronas como lágrimas en la lluvia (o más).

Me gustaría haber jugado a ajedrez desde niño. Leontxo García defiende que el ajedrez es un instrumento al alcance de todos para mejorar la capacidad de pensar de los niños —y de los adultos— y que las leyes de los países debieran introducir el estudio del ajedrez en las escuelas desde preescolar. Recuerdo con emoción una columna suya en la que contaba que el suelo de un aula infantil estaba pintado con los cuadros de ajedrez y los niños gateaban sobre el tablero, o se tambaleaban sobre él, en sus primeros pasos.

Dar los primeros pasos sobre el tablero en el que vas a tomar decisiones posteriormente supone sin duda una gran ayuda. Conocer el terreno en el que uno se desenvuelve es una ventaja enorme para resolver los contratiempos o problemas que te enfrenta la vida.

Sarah Almagro

Cuento todo esto porque Leontxo García mencionaba en su carta de este dos de enero a la deportista Sarah Almagro, una mujer andaluza que hace 7 años, a los 18 años, a raíz de una meningitis con complicaciones, perdió parte las manos y los pies, que le fueron amputados. En la actualidad, Sarah Almagro es campeona de España, de Europa y del mundo en la modalidad de surf que practica. El título mundial lo acaba de conseguir a finales de 2025 en California.

Sarah Almagro no solo es una deportista de éxito, sino que está estudiando Derecho y no le queda demasiado para terminar la carrera, por lo que he entendido.

Sigo contando esto porque lo que más me ha gustado de Sarah es una frase que le he oído en su cuenta de Instagram: «No soy ningún ejemplo para nadie. No quiero ser ningún ejemplo para nadie».

El ajedrez, la vida, los detalles y las exigencias

El ajedrez, con todo lo complicadísimo que es, con las millones de posibilidades que alberga, tiene un fin claro y único: noquear al rey rival. Los problemas del ajedrez pueden ser muy complicados, pero el objetivo es sencillo.

En la vida, los problemas que se nos plantean, pueden resolverse también cambiando de objetivo. Eso en el ajedrez es imposible. No es necesario ser campeona del mundo de nada, ni terminar ninguna carrera universitaria para tener una vida satisfactoria. Y por mucho que lo deseen, no todas las personas pueden brillar en su deporte, ni en sus estudios ni en su trabajo. Y tampoco hace falta que brillen.

Para muchas personas con miembros amputados lograr hacer la pinza y agarrar algo puede ser un logro mayor que ganar el campeonato del mundo. Miles de detalles pueden ser un logro apabullante. Recordar un nombre es un logro infinito para muchas personas, ponerse de pie, cruzar una calle o disfrutar de una comida o de un beso son logros que dan sentido a una vida.

Nadie somos un ejemplo

Soy defensor del esfuerzo y a cada uno de nosotros nos beneficia esforzarnos. Pero las circunstancias personales determinan igualmente la cantidad de esfuerzo que podemos hacer cada uno y el valor que le da la estructura social a ese esfuerzo. ¿Quién se esfuerza más, quien estudia notarías o quien se levanta todas las mañanas a las cinco para limpiar escaleras helándose de frío?

El mismo esfuerzo o incluso esfuerzos mayores conllevan recompensas muy desiguales. Todos somos diferentes. En miles de aspectos. Esa diferencia, esa diversidad física, mental, cultural, social, económica genera riqueza si la integramos y desolación si la convertimos en segregación.

El ejemplo somos todos cuando nos ayudamos

Los humanos no tenemos capacidad para construir el entorno que otorgue el máximo bienestar posible a cada individuo. Siempre habrá personas más altas, más atléticas, más inteligentes, más artistas que aprovecharan mejor los entornos que otras en su beneficio. Pero el mérito no es mayor en unas que en otras. Y por tanto, la satisfacción personal tampoco debiera serlo. Hay personas que tienen capacidad y mentalidad para entrenar cinco horas al día (por dar una cifra), otras con capacidad para estudiar mucho tiempo y otras con capacidad justa para aprender a caminar o que no lleguen a caminar nunca. O a pensar.

El mejor deportista es uno cualquiera de nosotros, uno cualquiera al azar, como el mejor científico, el mejor profesor y el mejor alumno.

Supongo que la satisfacción por ganar es genética. Viene de nuestro origen monil. Estaría bien que la tamizáramos con la formación cultural, esa que nos enseña que ganar o perder no es más que una anécdota. Ganamos un día y perdemos otro. En cambio, si actuamos en conjunto, como sociedad, en la que cada uno nos ayudamos de los otros, nos apoyamos en los demás mientras los demás se apoyan en nosotros, salimos todos beneficiados.