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👉 ¡Toubkal o muerte! Día 0: noche en Aremd
Somos siete, un número mágico para mí. Aunque ahora ha terminado, los 27 últimos años de mi vida han girado alrededor del 7. O del doble 7 para ser exacto.
De los siete que somos, seis han llegado en avión y yo he venido en coche desde España, con los esquíes y las botas de todos. Venir en coche hasta aquí me permite disfrutar de Marruecos, de la amabilidad de sus gentes y de sus paisajes excepcionales. Salvo por las multas que me ponen —de las que ya hablaré—, viajar en coche por Marruecos es un placer enorme.

Hemos contratado un completo: traslado en furgoneta desde el aeropuerto de Marrakech hasta el albergue en Armed y un servicio de porteadores que nos sube el equipaje hasta el refugio. Más o menos un tercio del camino, las mulas cargan con todo. A partir de ahí, tenemos que llevar nuestros esquís y botas y los porteadores suben la mochila grande con la ropa para todos los días que pasaremos arriba.

La reserva es para que pasemos cuatro días útiles en el refugio. Estamos en invierno y es probable que la meteorología nos impida subir varios de ellos. La previsión es mala. Frío, nieve y viento. Condiciones ideales. Hemos venido a hacer una invernal, ¿no? Si queríamos calor y solecito haber elegido julio.
Toubkal invernal
Que haya venido en coche es bueno y es malo. La parte mala es que no filtro. He cogido doble ropa de abrigo. Como si fuera posible ponerme cinco forros polares de diferentes grosores uno encima de otro. Con el añadido absurdo —que me conozco— de que luego, cuando me pongo a caminar, me sobra toda la ropa.
Ahora tengo que hacer selección. Los porteadores no pueden llevar una bolsa de dos toneladas por mi incapacidad de decidir qué prendas ponerme.

Aun así, lleno mi mochilón. Soy incapaz de no aprovechar todo el espacio. La duda y el miedo al frío me pueden. Nadie ha muerto por un golpe de calor calor a menos diez grados centígrados. Subo ropa a discreción.
Mientras meto prendas, pienso en los sherpas anónimos que suben montañas y que hacen famosos a los occidentales que nos llevamos los honores. No me haré famoso por mis hazañas montañeras. Pero que lo cuento con todo detalle, seguro que sí.
Mis compañeros se mofan del tamaño de mi petate, pero el suyo no es mucho menor.
Nadie —nadie de nadie— entre guías y porteadores pone mala cara por el exceso de equipaje que dejamos en el suelo junto a las mulas. Que el primer tramo lo carguen las bestias descarga mi conciencia.
Las cargan con los bolsones, los esquíes y las botas y emprendemos la marcha.

—¡Último recordatorio de la lista de imprescindibles! ¡Que nadie se deje el pasaporte!
A mitad de camino hay un control de pasaportes, aunque no haya frontera. Es un control de paso estricto, en el que controlan que todos los montañeros suben con un guía acreditado.
Bota o zapato bajo
Hemos dudado mucho sobre qué calzado utilizábamos para ese primer tramo: bota alta o zapato bajo. El riesgo radica en pisar nieve o agua y terminar con los pies mojados. Finalmente, todos optamos por zapato bajo. No hay nieve recién caída ni deshielo, por lo que no esperamos mucha agua por el camino. Una bota alta ocupa mucho espacio.
Suben con nosotros dos guías. También llevan mochilas pequeñas. Pasarán los cuatro días en el refugio con nosotros. Uno nos guiará en las ascensiones y el otro se ocupará de la logística y de que todo funcione.
Son las 10:10 de la mañana.
Un refugio en las alturas
El primer tramo de la ascensión resulta sencillo. Caminamos sin esquís ni botas, descargados y a buen ritmo. El zapato bajo es perfecto en el terreno duro y seco que pisamos.

El albergue de Aremd —Mount Toubkal Lodge— está a 1930 metros de altitud y el refugio del Toubkal a 3200. Hoy tenemos que superar casi 1300 metros de desnivel.
Nunca he caminado ni foqueado —así llaman a subir con los esquís por la nieve— a tanta altitud y estoy inquieto. Todos los miedos que tenía en la cama mientras el muecín convocaba a la oración permanecen agazapados en algún lugar de mi cráneo cuando empezamos a caminar.
No hace frío ni viento. Tampoco llueve ni nieva. Me encuentro bien.
Salimos todos animados y muy contentos. Por fin. Acabamos de arrancar y hacemos fotos sin parar al pueblo, a los niños, a nosotros. Sonrisas, ganas y ánimos. Llevamos seis meses desde la primera mención al Toubkal. Estamos felices. Listas, compras, entrenamientos, conversaciones e incertidumbres nos han traído hasta aquí.
Las mulas caminan por delante con nuestros pertrechos.
La policía escondida
Un cartel de bienvenida al Parque Nacional del Toubkal marca el arranque oficial. Rachid, el guía que nos acompañará en las ascensiones, posa con nosotros mientras el otro Rachid —responsable de organización y bienestar del grupo— hace las fotos.
Unos minutos después llegamos al control de pasaportes. Rachid —el manager— recoge nuestros documentos y desaparece en el interior de un edificio que desde fuera parece un refugio moderno y confortable. No vemos al policía en ningún momento.

Diez o quince minutos después regresa con los pasaportes y seguimos caminando.
Nadie ha salido a contar cuántos somos.
¿Nos habrán observado desde la ventana?
¿Habrá de verdad un policía ahí dentro?
Seguimos el camino empinado entre bromas y risas. De momento todo es fácil. El camino está seco y nuestras caras son de felicidad.

Las mulas se quedan
Apenas una hora después llegamos al punto en el que las mulas no avanzan más. Estamos a unos 2300 metros de altitud. Han llevado nuestros esquís durante aproximadamente un tercio del desnivel total. Dos horas de camino a ritmo lento y agradable para mí.

En este punto, nos tienen preparado un almuerzo. Un surtido de ensaladas muy rico y un tajine de verduras y pollo. No tenemos hambre. No hace tanto que hemos desayunado. Pero nos lo comemos, porque está bueno y porque todavía nos queda la parte alta y dura del recorrido. Ante la duda, comer.
A la una de la tarde reanudamos la marcha. Ahora sí, los siete llevamos esquís y botas atados a la mochila.

En busca de la nieve
El camino sigue limpio y seco. Hay neveros abundantes, pero todavía insuficientes para avanzar con los esquís en los pies.

En este recorrido por etapas hasta el refugio, a las 14:15 realizamos otra parada, en un lugar con pequeñas edificaciones y un baño. Estamos a unos 2600 metros. Nos queda superar 500 más para llegar al refugio.

En cuanto nos detenemos el frío es palpable. Estar parados no tiene sentido. Reemprendemos la marcha, todavía con los esquís al hombro. El camino sigue seco y pedregoso.
Empieza a nevar y a bajar la temperatura.
A las 15:30, a unos 2900 metros, nos ponemos los esquís. En este último tramo a pie, han asomado dos molestias en mi cuerpo. Una en la pata de ganso de la pierna izquierda —un dolor que no había sentido en mis 64 años— y otra en lo que entiendo que es la inserción superior del cuádriceps a la altura de la cadera. Este dolor también es nuevo, pero no tan raro como el de la pierna izquierda, porque los dolores en la zona de la cadera son más habituales en mí.

Son molestias, no dolores. No me frenan, pero me preocupa que me limiten en los días siguientes.
Llegada al refugio del Toubkal
Los últimos 100 metros de desnivel hasta el refugio se me hacen duros. Hemos subido despacio desde el hotel y hemos parado muchas veces, pero las molestias en las dos piernas y la falta de oxígeno en esas cotas me pesan. Cada pocos pasos tengo que parar a estabilizar la respiración. Los últimos metros se me hacen especialmente pesados. Veo el refugio, pero me cuesta llegar. Respiro más que avanzo.
No tengo ni frío ni calor, pero eso no significa que esté cómodo con la temperatura. Estoy delante de la puerta.

Antes de entrar, mientras calmo la respiración, repaso el estado de mi cuerpo. Haber llegado hasta aquí podría ser suficiente. Mañana veremos.
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👉 ¡Toubkal o muerte! El refugio
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