Tenemos la costumbre de escribir columnas elogiosas de las personas cuando mueren. Mi primer obituario lo escribí muy joven. Tuve la inmensa fortuna de que el director de la revista en la que trabajaba no «me» lo publicó. Sin darme motivos. Le estoy muy agradecido.

Escribir entraña un riesgo con uno mismo. Publicar entraña un riesgo mayor todavía, porque tu vulnerabilidad queda patente. Tuve suerte de que aquel texto no fuera publicado. Era una bazofia.

Cuando uno escribe necrológicas no sabe muy bien a quién se dirige: a los lectores, al muerto, a la familia, a los amigos o a la propia vanidad de ser el más amigo del muerto, o el que mejor le entendía, o quien le proporcionaba a saber qué.

A menudo escribimos a los muertos. Qué remedio. En las necrológicas todavía queremos despedirnos de ellos, aunque sepamos que ya no pueden escucharnos.

Esquelas para vivos. Todo por escribir. Folio en blanco.
En Esquelas para vivos todo está por escribir.

Escribir a los vivos

No me gusta escribir a los muertos, entre otras cosas porque sé que no me leen. Prefiero escribir a los vivos.

Voy a hacerlo mediante cartas públicas. Algo parecido a las necrológicas que he leído tantas veces, pero dirigidas a personas que siguen aquí.

¿Por qué?

Porque quiero agradecerles públicamente que hayan contribuido a hacerme reír o a hacerme pensar —que, a mi juicio, viene a ser casi lo mismo—. En definitiva, que hayan influido en mi vida y que me hayan hecho llegar hasta aquí :).

No escribiré sobre muchas personas. Me centraré en aquellas a las que he conocido gracias al trabajo durante los últimos cuarenta años. Me gustaría hablar con algunos muertos, recuperarlos, reírme y seguir aprendiendo con ellos. Pero no va a ser.

Algunas personas serán conocidas por quienes me leen. Otras no. Espero que la lectura resulte sabrosa igualmente.