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👉 ¡Toubkal o muerte! Refugio
En mi cabeza, la planificación ideal consistía en subir desde el pueblo al refugio —Día 1—, foquear suavemente durante una jornada —Día 2— e intentar subir al Toubkal al día siguiente —Día 3—, después de pasar un mini periodo de aclimatación a 3200 metros de altitud. Pero el hombre propone y Alá dispone.
La previsión del tiempo para el martes, miércoles y jueves es catastrófica. Nos la jugamos a subir el lunes o corremos el riesgo de que no haya más ventanas climatológicas para volver a intentarlo. Estamos en invierno.
El domingo por la noche, durante nuestra primera cena en el refugio, Rachid confirma nuestros temores sobre el tiempo y nos dice que el día para intentarlo es mañana lunes. Otro grupo de excursionistas, que van a pie, se levantará a las cuatro y que nosotros, que vamos con esquís, desayunaremos a las 7:30 para salir a las 9:00.

En este momento tengo dudas sobre mi cuerpo. Mi dolor en la pata de ganso y en la cadera me preocupan, pero solo relativamente. No sé si irán a más o si remitirán por la noche. Necesito descansar. ¿Seré capaz de dormir bien a 3200 metros de altura? Solo he dormido a tanta altitud otra vez en mi vida y dormí mal, con el corazón acelerado toda la noche.
Me da más miedo la falta de adaptación a la altura. Ese cansancio que he sentido en los últimos metros de la ascensión de hoy hasta el refugio.
Ibuprofeno de mi vida
Con ibuprofeno me acuesto, con ibuprofeno me levanto, con dolor en la cadera y en la pata de ganso. Un ibuprofeno en la cena y otro en el desayuno forman parte de mi menú para esta semana. Después de la cena, todavía me duele la corva, o algo por esa zona.
Espero que en la cama la molestia huya de mi cuerpo. Es un dolor leve, que ha aparecido tras varias horas de caminar y que nunca había sentido. También es leve el dolor en la cadera. Sé que con los dos puedo tirar hasta donde sea, porque no me desestabilizan ni me inhabilitan para caminar o foquear con la suficiente agilidad, pero preferiría no sentirlos.
La sopa caliente de esta noche me ha sentado muy bien. Y el tayín. Cenamos pronto, alrededor de las 7:30. Luego, un poco de conversación entre nosotros. No he sido el único que se ha sentido cansado en los últimos 500 metros del recorrido de hoy. No soy el único al que le ha costado respirar y avanzar.
Tontería de altura
En la habitación nos reímos de lo patosos que estamos mentalmente. De lo que nos cuesta encontrar las cosas que acabamos de sacar de la mochila. De que una y otra vez no encontramos lo que buscamos y de que se nos olvida dónde hemos puesto lo que acabamos de encontrar.
—Estoy como acarajotao.
—Dice Mol que es la altura.
—No, no, qué va.
—Ya verás mañana cuando a 4000 metros nos demos cuenta de que nos hemos dejado un esquí.
Y así, acarajotaos, riéndonos de nosotros y con ganas de pasarlo bien, nos vamos desvistiendo y metiéndonos en los sacos.
Me duermo pronto y me despierto también pronto. Muy pronto. A las tres de la mañana estoy despierto. En el saco. Mis compañeros roncan, pero suavemente. Me gustaría que no roncaran, pero no me molestan demasiado. Estoy despierto y tengo que levantarme para ir al baño, pero fuera de las mantas hace un frío de estraperlo. Absolutamente ilegal. No puedo ni sacar una mano.
Los calabozos del Toubkal
La necesidad se impone y hago una excursión al inframundo de los olores y el frío. Inexplicablemente, este olor nauseabundo no sube por el hueco abierto de la escalera. Supongo que es por el frío. Hace mucho frío en todos lados, pero en el baño más todavía. Y el aire más denso se queda abajo. Pienso esas cosas que seguro que son mentira mientras meo encogido.
Subo rápido, para sacar la cabeza por encima de los olores y porque quiero dormir más para estar más descansado. Sin embargo, dormir poco no me preocupa. Sé que muchas veces, después de largos insomnios, me he pegado grandes palizas físicas y no he notado la diferencia. No dormir no me pone nervioso. Me pone nervioso no saber cómo respiraré a 4000 metros de altura.

Me vuelvo a dormir y cuando me despierto siento que he descansado. No me duele ni la cadera ni la pata de ganso. Esos dolores misteriosos que vienen y que, tal como vienen, se van, con ibuprofeno y sin ibuprofeno, me dejan pasmado. No me quejo. Me alegro mucho de que se vayan. Pero, ¿por qué dolía y ahora parece que no haya dolido nunca?
Silencio en el vestuario
Me levanto animado. Me pongo los calcetines preferidos, los que no se arrugan y hacen la presión justa, que son el elemento principal de mi vestimenta. Los mejores calcetines para las botas de travesía. Un pantalón de verano, sin mallas debajo porque ya me he convencido de que no las necesito y de que en las piernas no paso nunca frío, un forro polar fino y un cortavientos en el tronco, con un chaleco en la mochila por si acaso. Estoy harto de pasar calor en las subidas.
Nos vestimos en silencio. Poco aspaviento hoy.
—¿Cómo te encuentras, Mol? —me pregunta Paco inmediatamente después de levantarnos—. ¿Cómo van tus dolores?
—Estoy bien, gracias. Han desaparecido.
—¿Agujetas?
—Nada. Agujetas tampoco. Estoy bien.

Sé en mi interior que igual que llegaron sin motivo aparente y que han desaparecido porque sí, pueden aparecer de nuevo los mismos u otros dolores en cualquier momento. Pero eso no se lo digo a Paco. Para qué. Esos dolores no son lo que me preocupa. Me atenaza que el cansancio me impida continuar y molestar al grupo en mitad de la montaña. Eso es lo que me asusta sin remedio.
Último desayuno antes del Toubkal
En nuestro primer desayuno en el refugio nos dan lo que repetiremos día tras día: pan, mantequilla, mermelada, té, café soluble y leche en polvo. También es el desayuno previo a subir al Toubkal. Nada especial.
Hemos dejado las botas de esquí en la habitación por la noche con la intención de que estén algo menos frías que en el cuarto destinado a esquís y botas. La intención es buena. El resultado, relativo.

—¿Qué ocurre con el agua? ¿Se helará en la cantimplora?
No hay respuesta.
Las botas están congeladas, pero en las botas de travesía entran mejor los pies que en las de esquí alpino, por lo que me las pongo sin dificultad. Y con los pies dentro se calientan rápidamente. Tengo que volver a quitarme ropa para colocarme el ARVA (dispositivo que permite localizarte y localizar a otros bajo una avalancha), que tiene que ir bajo la ropa. En una avalancha los movimientos son tan violentos que el ARVA saldría despedido si no lo colocas bien bajo la ropa. Es como en los accidentes de coche violentos, que los zapatos muchas
veces terminan lejos de los pies que los llevaban.
Una pala para excavar
El ARVA no sirve de nada sin una pala con la que excavar y una sonda con la que localizar un cuerpo en las profundidades del alud. Llevamos de todo. Mis amigos aman demasiado la montaña como para dejarse arrastrar por ella. Son muy precavidos y además de ARVA me han comprado un piolet y traen cordinos (así los llaman) y mosquetones, por si acaso. Estoy en buenas manos. Tanto, que le doy mi pala a Josete, el fortachón del grupo, porque él no tiene pala. Y es de primero de economía que en la asignación de los recursos debe primar la máxima eficiencia. Seguro que la pala en manos de Josete es mucho más eficaz que en las mías.
Salvo que sea Josete el que quede envuelto en la avalancha, claro está. Yo llevo la sonda, que es el elemento que te permite localizar cuerpos bajo la nieve.
Cuando dije que sí a hacer el Toubkal en esquís de travesía no tenía ni idea de a qué estaba diciendo que sí. Pero eso lo sé ahora. Mi amigo Paco, que me conoce bien y que conoce mis capacidades quizá mejor que yo mismo, me lo propuso y como hago siempre cuando me propone algo digo que sí. Ahora, a la salida del refugio, con toda la montaña blanca por delante y por encima, empiezo a ser plenamente consciente de lo que dije aquel día lejano.
Cuchillas para la nieve
Hemos puesto las pieles de foca en los esquís dentro del refugio. Porque por mucho frío que haga dentro, que en ocasiones hace más que fuera, no hay viento y tienes dónde apoyar los esquís con comodidad para poner las pieles. Se puede hacer fuera. No requiere tanto esfuerzo. Pero dentro se hace mejor.
Cuando ya estamos todos con los esquís en los pies —algunos sistemas de fijaciones son fastidiosos para fijar bien la bota— llega Rachid, el guía que nos va a acompañar por la montaña, con las cuchillas puestas en sus esquís. (Las cuchillas consisten en una placas metálicas acopladas a los esquís, que se clavan en la nieve y dan más agarre, especialmente sobre nieve dura y hielo)
«¿Tan dura estará la nieve?», nos preguntamos unos a otros. Ayer, cuando llegamos al refugio, estaba nevando y se ve una capa de nieve blanda y fresca recién caída.

—Yo hago lo que haga el guía, que es el que sabe y para eso le pagamos.
Todos los que tenemos cuchillas ponemos las cuchillas y Alfonso y Óscar, que no tienen cuchillas, obviamente, no las ponen.Óscar, que está fuerte como un junco, decide empezar caminando con crampones y hace los primeros doscientos metros de desnivel por otro camino para encontrarse con nosotros por vía recta. Alfonso, a sus 76 años, se pone delante del grupo con sus esquís sin cuchillas. Me pongo detrás de él y empezamos a subir.
Paco, que sufre por mí, que está siempre pendiente, me dice poco después de arrancar que me pare cada 50 o 100 pasos y que respire despacio 20 segundos.
—No tenemos prisa. Yo voy a hacerlo— me dice convincente.
Me paro alguna vez y hago lo que dice Paco, pero Alfonso, que va por delante, marca un buen ritmo para mí y voy cómodo.
Alá nos cuida
Hemos tenido una suerte infinita con el tiempo. El día está despejado, no sopla el viento y no hace nada de frío. Debemos de estar a unos cero grados, que con sol y sin viento, caminando por la montaña, es una temperatura exquisita. Nos quitamos ropa de abrigo poco después de arrancar y con la camiseta que llevo y el forro polar fino voy comodísimo. Mis pantalones también son finos y no llevo ninguna malla por debajo, ni pañuelos ni braga en el cuello. Hace calor y la ropa sobra.
La ascensión en los primeros metros es tranquila. El lugar más alto al que he subido a pie en mi vida es el pico del Aneto, hace exactamente 50 años. Desde hace 50 años no había vuelto a superar los 3400 metros por mi propio pie. Superar esta barrera a los 64 años me hace ilusión. Sé que la realidad no es así, pero en mi cabeza suena a que todavía estoy en edad de seguir subiendo y no de empezar a bajar.
Los siguientes 300 metros son los que separan al Aneto del Teide, la montaña más alta de España y situada en la isla en la que nací. Subí al Teide con 10 años, pero con mucha trampa. En coche hasta las Cañadas y desde allí toda la familia en el funicular, que te deja a pocos metros de la cumbre.
Desde el funicular hasta la cumbre subí sin pensar en la altura ni en nada. Quería ver el fuego al fondo del cráter del volcán. Tenía que estar allí el magma incandescente que me habían contado en clase.
Las Canarias no son una prolongación de la cordillera del Atlas, pero están en latitudes próximas. Y superar a pie los 3700 metros de altitud también me hace ilusión. Sin embargo, estos trescientos metros de desnivel se me hacen muy largos.
Vuelta maría
El guía va por delante de nosotros, haciendo zetas en la nieve, para evitar la máxima pendiente. El vértice de las zetas es complicado de gestionar. Le llaman la vuelta maría —no he sido capaz de encontrar el porqué de este nombre—. Requiere flexibilidad, habilidad y algo de fuerza. Mi principal problema es la flexibilidad. Pero no únicamente la flexibilidad.
En esos momentos de dificultad te das cuenta de que en la montaña, por muy acompañado que vayas, estás solo. Nadie puede hacer la zeta por ti, por mucho que estén a tu lado. Y nadie te puede sujetar si te caes, porque los otros, cada uno en su medida, también están en precario, con su equilibrio inestable y su cansancio.
Me caí en el vértice de una zeta y deslicé varios metros hacia abajo. Intentas clavar lo que sea en la nieve para frenar y al final paras, al menos en mi caso. Pero cuando estás deslizando ni es evidente que vayas a parar pronto ni la forma de conseguirlo. Y nadie puede pararte.
El momento en el que tomé conciencia de mi soledad fue un instante en el que no pasó nada, pero me dio la sensación de que mi excursión y mi vida se podían haber quedado allí, rodeado de amigos con ganas de ayudarme.
Soledad
Habíamos pasado ya los 3700 metros de altitud. El Teide quedaba por debajo. En esos momentos empezaba a estar al límite de fuerzas. Nos tuvimos que quitar los esquís porque venía una zona, todavía con nieve, en la que había piedras. Avanzábamos con las botas de travesía haciendo también zetas por la nieve, en la mano izquierda los bastones y en la mano derecha los esquís. Eran unos pocos metros, no tenía sentido colgarlos de la mochila. Y mis esquís, además, no pesan nada.

Tengo la ladera empinada a mi derecha y la montaña a mi izquierda. Justo antes del vértice, miro a mi izquierda para ver dónde clavar los bastones para la vuelta maría que tendré que hacer en dos metros. En ese momento de girar los ojos, me desequilibro y mi cuerpo se vence hacia la pendiente. Como un resorte, cambio el punto de apoyo de los esquís que llevo en la mano derecha a modo de bastones. Un movimiento rápido, desesperado, me sirve para clavarlos más abajo y sujetarme con ellos metidos en la nieve. En un primer momento, la sensación de que los esquís se hunden y no servirán de apoyo se hace larga, pero al fin tocan fondo y me sujetan en mi sitio.
Un instante. Un segundo de desequilibrio. En un lugar no especialmente difícil. Pero el cansancio, la altitud y el giro de cabeza me hacen perder la estabilidad en un momento inesperado.
Dependencia física
Nadie me hubiera podido ayudar. Incluso en el caso de que hubiera quedado vivo, abajo del todo de la caída, para nadie hubiera sido fácil bajar por ahí a rescatarme. Mis compañeros de viaje también estaban cansados. Menos que yo, seguro, pero cerca de los 4000 metros nadie está fresco. En la alta montaña, con esas pendientes tan escarpadas y más si están nevadas, por acompañado que estés, dependes absolutamente de ti mismo.
Dependes físicamente de ti mismo, que es lo novedoso para mí. Esa sensación de «nadie puede hacer nada por mí» no la había tenido nunca. Ahí entendí perfectamente la historia que me contaba un día en la montaña mi amigo David, sobre un montañero que abandonó a su mujer herida en la montaña. Quizá solo un perro esquimal pueda ayudarte en algunas circunstancias.
A la cumbre por objetivos
Después del susto y de asumir que estaba solo por muy acompañado que estuviera, sufrí durante otros 200 metros de desnivel. Alfonso iba cantando la altitud y nos poníamos metas.

—¡A los 3800 paramos!
Cuando Alfonso grita «3804», paramos medio minuto. O un minuto. O lo que haga falta. Esa ayuda, para ir avanzando de 50 en 50 metros de desnivel —más de doce pisos—, o menos cuando estamos muy cansados, nos sirve para seguir.
Nos sirvió también como engaño, porque el reloj de Alfonso marcaba mal la altitud y pensábamos que estábamos mucho más cerca de la cima de lo que estábamos.
En nuestro error, Alfonso y yo pensábamos que la cumbre era en el pico que teníamos a la vista y hacia el que estábamos ascendiendo, hasta que al trepar por unas rocas vemos que ese pico nos ocultaba otro situado unos 200 metros más arriba que era el Toubkal verdadero.
Aquí me quedo
Fue un momento de decepción. Nadie nos sacaba de nuestro error particular porque veían que nos estaba sirviendo para aguantar. En el momento en que coronamos nuestro piquito fake, Alfonso se rinde y se sienta.
—Aquí me quedo. Seguid vosotros.
Era mentira. No podía ser verdad. Pero en aquel momento dudé. Me costaba respirar y seguir avanzando.

Lo que sí era verdad es que el guía se impacientaba y nos metía prisa constantemente. Las nubes amenazaban desde hacía mucho rato con cubrir la montaña. Llevábamos viendo nubes que se acercaban desde hacía un par de horas y a todos nos producían intranquilidad. Pero no teníamos capacidad física para ir más deprisa. Algunos sí, porque son máquinas, como Josete y como Óscar. A Dani no lo menciono porque con 22 años juega en otra liga, pero otros no teníamos capacidad para correr más.
Tocar cumbre
Alfonso, que es un toro y que no se rinde ni ante una manada de búfalos, se levantó y siguió la marcha. A mí, ver por fin la pirámide que cubre el Toubkal, también me da fuerzas. Lo bueno del engaño es que nos había ayudado a subir la parte más dura de lo que quedaba y que, cuando descubrimos que estábamos equivocados, ya quedaba un trecho amable.

Me quedo el último, saco la cámara de vídeo y grabo los últimos pasos de la ascensión cámara en mano. Estamos en la cumbre. Estamos felices. Gritamos y cantamos. Nos abrazamos. Nos hacemos fotos todos de espalda para mostrar nuestra edad. ¡Qué tontería! ¿Por qué tanta felicidad? Sin embargo es una felicidad real. No es impostada. No es para contarla, aunque la cuente. Es una satisfacción íntima, individual y de grupo. Una pasada.
Fotos y vídeos para qué os quiero
Todavía no he visto las imágenes en vídeo y no sé cuándo las veré. Me hace más feliz escribir. La celebración bajo la pirámide de la cumbre fue maravillosa y me basta con recordarla. Las nubes nos respetaron. Nos pusimos nuestras camisetas de viejos adolescentes, nos hicimos fotos, nos abrigamos y, sin detenernos mucho —bajar con niebla no es buena idea—, emprendimos el descenso que nos llevó de nuevo al refugio.

Gracias amiguitos por las risas. Y por todo lo demás, claro.
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