El muecín llama oración en Aremd (Valle de Imlil, Marruecos) a las 4:30 horas de la mañana. Estamos en Ramadán. Cuando el almuédano ha empezado su invocación yo ya estaba despierto. Tumbado y quieto, pero con la respiración intranquila. Aquí no estamos todavía a mucha altura, pero el latido del corazón, o la respiración, o ambos, no son los habituales.

Decidimos subir al Toubkal con esquís de travesía hace seis meses. En diciembre compré todo el equipo y hemos ido a probarlo y a entrenar a la sierra de Madrid y a los Pirineos en distintas ocasiones. Tengo 64 años. No es excusa, pero nunca los había tenido. Y aunque me resisto, todo me cuesta más. Las lesiones tardan más en mejorar, necesito más entrenamiento para sentirme en forma y, sobre todo, me da miedo el frío.

Toubkal en invierno es frío

He sido friolero toda la vida. Curiosamente, en los últimos años lo siento menos. Pero el día en que subimos a Peñalara (2428 m), cuando tuve que quitar las pieles de foca de los esquís (una especie de moqueta que se pone en las suelas, que te permite subir con los esquís y que hay que quitar para bajar), en solo dos minutos se me congelaron las manos. Se me congelaron tanto que pensé que ya no se recuperarían hasta llegar a un sitio caliente. Me equivoqué, porque en pocos minutos, con los guantes, dejé de notar el frío.

La diferencia es que en la cumbre del Toubkal anuncian -18 grados centígrados y una sensación térmica de -28 º por el viento, mientras que en Peñalara debíamos de estar a unos -5 y con sensación de -10 º (me invento las cifras, porque no tengo ni idea de la realidad).

La ropa más cara

Estaba despierto a las 4:30 de la mañana pensando en que quizá debiera haber ido a comprar la ropa más cara del mercado, por si acaso. Que, para una vez que voy a subir al Toubkal, vale la pena ir equipado como si no hubiera presupuesto.

Pero me fastidia pagar por las marcas. Estoy convencido de que hay ropa de la misma calidad, o mejor, sin tener que pagar el sobrecoste de una marca que ha tenido éxito. (Es posible que esté equivocado).

Por otro lado, cada vez que hemos subido a entrenar, en Madrid y en los Pirineos, he pasado calor. Y como tenía la convicción de que al sur de Marruecos, en el Atlas, por muchos 4100 metros que tenga el Toubkal, no iba a hacer más frío a principios de marzo que en el Pirineo a principios de febrero, no compré más ropa de abrigo.

Pero, a falta de un día para subir, mi convicción me tiene despierto y asustado.

Por la RN9 de Marruecos, entre Zerkten y Touama. Vistas desde el coche.
Por la RN9 de Marruecos, entre Zerkten y Touama. Vistas desde el coche.

Como he venido desde Madrid en coche (esa historia también la contaré, que tengo fotos y cosas que contar), ayer fui de compras a Marrakech, dispuesto a comprar los mejores guantes de montaña, o al menos los más caros, porque las manos son lo que más miedo me dan.

No encontré guantes. Ni caros ni baratos.

Los guantes que llevo siempre me han funcionado bien, pero nunca los he llevado con temperaturas tan bajas.

Piel hidratada

De pronto he recordado, entre invocación e invocación, que leí una vez unas declaraciones de un alpinista que afeaba a sus compañeros de expedición —que sufrieron amputaciones por frío, creo recordar— porque no se habían puesto crema hidratante antes de salir de la tienda para subir a la montaña.

He traído crema para el sol, pero no crema hidratante.

Vengo al Toubkal con seis amigos, algunos de ellos muy amigos, que vuelan hacia Marrakech mientras escribo esto. Con una particularidad: son todos montañeros experimentados. Muy montañeros y muy experimentados.

Tengo la sensación vaga —algo así como otra convicción callada, quizá también errónea— de que entre ellos y yo hay una distancia abismal: de capacidad física, de capacidad de sufrimiento, de ganas de subir a la montaña, de capacidad de pensar en una atmósfera con poco oxígeno y de facultades en general.

Algo así como una Europa de dos velocidades en Marruecos.

Mount Toubkal Lodge. Habitación Toubkal.
Mount Toubkal Lodge. Habitación Toubkal.

Miedo

Vivo en un mundo de sensaciones. Es decir, de miedos.

No sé si mi equipamiento es el adecuado. Pero pruebe lo que pruebe, enseguida me sobra cuando empiezo a subir. No sé si he acertado al venir con amigos tan amigos y tan experimentados.

A mí me apetece subir al Toubkal, pero también me apetece jugar a las canicas. Me apetece todo en esta vida. Me gusta jugar.

Es completamente cierto que cuando sufres y superas el sufrimiento y subes al pico y bajas del pico te sientes especialmente feliz y contento.

¿Pero de cuánto sufrimiento hablamos?
¿Sabré medirlo o llegaré a pasarme?

En manos de Alá

Uno de los días de entrenamientos, en Cerler, dejé de disfrutar. Sigues, porque vas en grupo, pero de pronto te da la sensación de que no buscamos lo mismo. De que el disfrute del sufrimiento no lo vivimos igual. Y ese sufrimiento no es sufrimiento. Al menos en mi caso. Ese sufrimiento es cabreo y mala leche. Ganas de volver.

A las 4:30 de esta mañana, después del salmo del muecín, he seguido dándole vueltas. Cuando a las 5:30 ha vuelto a convocar a la oración, el muecín me ha iluminado. Que sea lo que Alá quiera. Y me he dormido.


Siguiente capítulo
👉 ¡Toubkal o muerte! Día 1: subida al refugio